martes, 12 de enero de 2016

Seminario Internacional: Los Retos de las Universidades Católicas en el Nuevo Milenio

  Comienzo por agradecer a los organizadores la gentileza en invitarme y la oportunidad que me brindan de compartir con ustedes estas breves reflexiones sobre los retos que enfrentan las universidades en el nuevo milenio. Hablaré principalmente de las universidades católicas, aunque algunas ideas pueden ser aplicables a cualquier universidad.

  Las universidades son organizaciones que en la sociedad de la información y el conocimiento cobran una importancia cada vez mayor. No son las únicas organizaciones cuya materia prima es el conocimiento; existen laboratorios privados y públicos, academias e institutos de diversa índole, iniciativas privadas, etc. pero sí tienen la particularidad de congregar en un solo universo a los productores de conocimiento, a quienes lo transforman, aplican o difunden en el entorno. Sus potencialidades son inmensas, y allí radica precisamente la razón de sus múltiples retos, que son mucho más de los que aquí mencionaré.

  Todas las universidades buscan ser pertinentes para su sociedad. En la tradición universitaria latinoamericana se dice que la pertinencia consiste en contribuir al desarrollo del país mediante el ejercicio de sus funciones sustantivas. Ahora bien, pocas veces nos preguntamos por el modelo o modelos de desarrollo a los cuales están atadas las universidades de nuestra región. Quizás el primer reto de las universidades en el momento actual consista en explicitar para sí mismas y para la sociedad la idea de desarrollo o de bienestar que las sostiene y que justifica todo su quehacer.

  En momentos en que nuestra casa común se degrada, la sociedad humana se torna cada vez más excluyente y las personas tienden a confundir sus referencias existenciales, es irresponsable no plantearse esta cuestión o suponer una idea de desarrollo que incrementa estas tendencias destructivas. Es igualmente inaceptable que una universidad fomente el éxito personal de sus estudiantes y académicos prescindiendo totalmente de su impacto en las estructuras políticas, económicas, culturales y ambientales del país.

  En lo que concierne a las universidades católicas, y concretamente la nuestra, el significado de nuestra pertinencia viene dado por la reciente encíclica Laudato Si del Papa Francisco. Este documento no es un compendio de soluciones, como es obvio, pero sí una propuesta de desarrollo sostenible e integral que la PUCE deberá acoger, debatir, adaptar e implementar a través de sus tareas propias.

  Este primer reto que yo llamaría “identitario” porque exige que la universidad se pregunte en qué cree y lo diga, se completa con otros relativos a su misión específica. Me refiero al primero de ellos. Sabemos que toda universidad trabaja con el conocimiento: lo produce con la investigación, lo suscita mediante la enseñanza, la difusión, la relación con la comunidad, lo aplica y transforma en sus laboratorios y centros de pensamiento. Pero ¿con qué tipos de conocimientos trabaja? ¿Cuáles son los conocimientos que valen para la universidad? Sin duda toda universidad debe aplicarse al desarrollo de las ciencias y al estudio de sus aplicaciones tecnológicas. Es incluso necesario que existan instituciones enfocadas exclusivamente en estos campos del saber, como las escuelas politécnicas o los institutos tecnológicos. Pero toda institución de educación superior, incluyendo estas últimas, debe tener presente que el ser humano y la sociedad se constituyen gracias a la integración de diversos saberes: el saber científico por supuesto, pero también el filosófico y las ciencias sociales. También son importantes para la persona y la sociedad los saberes ancestrales, las cosmovisiones religiosas, los saberes propios de las culturas llamados sabiduría popular.

  La preeminencia unilateral de las ciencias y las tecnologías produjo en los siglos XIX y XX el aparecimiento del paradigma tecnocrático responsable en gran medida de la crisis socio-ambiental del presente. Frente a esto, las universidades tienen hoy el gran reto de integrar los distintos saberes humanos en los procesos de investigación y aprendizaje que promueven. No se trata solo de hacer dialogar entre sí varias disciplinas científicas, sino también de hacer converger en la academia modos complementarios de aproximación a la realidad: por un lado, las ciencias que explican el mundo y su funcionamiento; por el otro, los demás saberes que buscan la comprensión de su sentido.

  Para las universidades católicas como la nuestra este reto significa renovar su misión de propiciar el diálogo entre las ciencias y la fe cristiana, y enriquecerlo con la participación de formas tradicionales y nuevas de aprehender la realidad. Esto es tanto más importante cuanto el cuidado de la casa común, como lo dice el Papa Francisco, requiere el aporte de todos los puntos de vista porque no hay un único camino de solución ante la crisis socio-ambiental. Según la metáfora bíblica del Jardín del Edén, la tecnociencia ha llevado al extremo el aspecto del cultivo de la naturaleza, pero ya no podemos seguir de esta manera. Otras formas de ver la realidad nos enseñan que también es necesario cuidar esto que se cultiva con tanta voracidad desde hace un par de siglos.

  El tercer reto al que me quiero referir atañe también la misión universitaria. El conocimiento es apenas una herramienta, se dice con razón. Pero ¿en manos de quien pone la universidad esta herramienta, y para qué? No debería ser en manos de quienes pueden pagarla, puesto que la educación superior, así como la educación en general, es un bien público y como tal no debe convertirse en mercancía. Tal vez esta herramienta debería ir a manos de los más capaces, de aquellos que realmente pueden sacarle el mejor provecho. Pero esta respuesta convence a medias, porque ser más capaz no significa necesariamente entender mejor los fines de la educación y el conocimiento.

  ¿Qué hacer entonces con esta poderosa herramienta? Las universidades debemos tener claro que el contexto social y económico en el que existimos no es neutral. La sociedad humana está de hecho atravesada por desigualdades y exclusiones enraizadas en lo más hondo de ella, de modo que todo lo que hacemos o transforma esta realidad o la mantiene igual, pero nunca será indiferente ante las injusticias estructurales que nos condicionan. En otras palabras, educar es un acto político, en el sentido más propio de la palabra; es decir fortalece o destruye nuestra convivencia como ciudadanos de una misma comunidad política.

  Para las universidades de inspiración cristiana como la nuestra el reto es entonces ofrecer educación superior con un claro sentido del mundo que queremos construir a través de esta herramienta. En el lenguaje del pensamiento social católico, esto quiere decir optar por los excluidos y por los que el mundo considera descartables. Esto no significa solo ofrecer facilidades de estudio a personas pertenecientes a grupos históricamente discriminados, aunque esto sí hay que hacerse. Significa en primer lugar, orientar la investigación a la solución directa o indirecta de los problemas que afectan a estas poblaciones. Quiere decir también poner a nuestros estudiantes en contacto con el mundo de la exclusión durante sus actividades de vinculación con la colectividad con el fin de sensibilizarlos, suscitar su creatividad para pensar diferente y en condiciones distintas a las acostumbradas, y despertar la solidaridad cívica que difícilmente se conseguiría de otra manera.

   Me he referido brevemente a tres desafíos fundamentales de la educación superior en estos tiempos. Ciertamente hay muchos más, y el seminario está diseñado precisamente para descubrirlos y debatir sobre las mejores maneras de enfrentarlos. Antes de terminar quisiera hacer algunas precisiones para completar lo que acabo de decir.

  En primer lugar, el que la universidad deba tener una idea clara sobre el tipo de desarrollo que quiere promover, sobre su posicionamiento ante el paradigma tecnocrático actual – y el nuestro es un posicionamiento humanista – y sobre las repercusiones políticas del acto educativo, de ninguna manera contradice la libertad académica ni la libertad de pensamiento, principios centrales de toda universidad. Lo que sí pretende es marcar la cancha para el ejercicio de estas libertades e invitar a transparentar las intenciones institucionales, porque no es cierto que todas las universidades son más o menos lo mismo.

  En segundo lugar, mi insistencia sobre la necesidad de abrir las puertas de la academia a otros saberes, incluidas las cosmovisiones religiosas, de ninguna manera equivale a menospreciar la rigurosidad y especialización de las ciencias y las tecnologías. Siempre necesitaremos construir puentes, y para esto hace falta medir y calcular con la mayor precisión posible. Pero también hay que saber para qué y para quién queremos puentes.

  Por último, y ya en el contexto ecuatoriano, es indudable que la universidad debe contribuir al cambio de la matriz productiva y de la matriz cognitiva. Nuestra universidad al menos lo tiene claro, pero también sabe que hay diversidad de productores, y que producción, distribución y consumo son procesos interrelacionados. Podemos pues decir que nos esperan estimulantes debates sobre nuestra contribución a pequeños y medianos productores, a la distribución justa de la producción y al consumo responsable y solidario en condiciones de crisis socio-ambiental.

  Quiero terminar agradeciendo desde ahora a las instituciones y personas que contribuyen a la realización de este seminario excepcional por la calidad de los ponentes. Que estos dos días sean muy fructíferos para todos ustedes.

Muchas gracias por su atención.

Dr. Fernando Ponce León S. J. 
12 de enero 2016

miércoles, 7 de octubre de 2015

Mensaje del Rector

  El cambio de rector en el SINAPUCE es una buena ocasión para recordarnos quiénes somos y a dónde vamos. Nuestra universidad siempre se ha pensado como una alternativa en el panorama de la educación superior. En 1946, cuando se fundó, esto significaba ser la primera universidad privada y la primera universidad católica en un contexto en que “laico” se entendía equivocadamente como “anti religioso” y “anti cristiano”. Hoy el contexto nacional y mundial ha cambiado radicalmente – aunque todavía sobreviven mentalidades laicizantes o restauracionistas moldeadas según esquemas del siglo XIX.

  La educación superior está en plena fase de internacionalización, la tecnología ha entrado con fuerza en la enseñanza y aprendizaje, universidad y empresa convergen en torno a intereses comunes, la búsqueda de la calidad se convierte en un “incontournable” de toda institución académica, Estados de todos los colores y olores aumentan sus regulaciones sobre este bien apetecido que es la educación superior, la misma identidad católica de universidades como la nuestra es permanentemente cuestionada.

  También hoy queremos ser, y trabajaremos por ser, una alternativa en el mundo universitario. En razón de nuestra filosofía humanista concebimos la educación como mucho más que el formateo de mentes y manos funcionales al utilitarismo ambiente. Contribuimos a formar – cada palabra vale – hombres y mujeres para los demás, que sean a la vez profesionales competentes, ciudadanos comprometidos y excelentes seres humanos. Nuestro carácter católico nos imprime una pasión por la justicia y la solidaridad, el crecimiento humano integral y el cuidado de nuestra casa común. Somos decididamente universidad ecuatoriana, esto es, abierta a las necesidades y urgencias del país, porque no nos interesa “formar profesionales exitosos en sociedades fracasadas”, como dice un maestro jesuita.
Esto somos, esto queremos.

    Amigos y amigas de la comunidad universitaria, exalumnos, quienquiera que entienda la educación como un servicio, ¿se unen a esta misión?

Dr. Fernando Ponce León S. J. 
Quito, 7 de octubre del 2015

martes, 6 de octubre de 2015

Mensaje a la Comunidad Universitaria del SINAPUCE

Discurso Ceremonia de Posesión

Introducción

    El 7 de julio pasado el Papa Francisco interpeló a los educadores y en particular a nuestra universidad durante su inolvidable alocución en esta casa de estudios. Nos hizo dos preguntas que todavía mantienen su vigor. Nos interrogó en primer lugar: “Universidad católica, ¿dónde está tu hermano?”. En este planeta que se degrada, en esta sociedad que excluye y descarta seres humanos, ¿dónde están nuestros hermanos y hermanas? Luego, casi al nal de su mensaje, nos invitó a preguntarnos: “¿para qué nos necesita esta tierra?”. Esta tierra, que es naturaleza y pueblo, ¿qué nos pide? ¿Qué necesita de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador?

    Estas dos preguntas deben convertirse en el horizonte de todo nuestro quehacer universitario, independientemente de los rectores que en el futuro vendrán y se irán. Ahora que se me concede una oportunidad para compartir con ustedes mis pensamientos sobre la universidad, quiero comenzar diciéndoles tres cosas al respecto: nuestra universidad debe responder estas preguntas, nuestra universidad quiere responder estas preguntas, nuestra universidad puede responder estas preguntas.

    Para esto disponemos de la ayuda de Dios, que acompaña siempre a quienes se esfuerzan por construir su Reino aquí en la tierra. Contamos también con nuestra identidad como universidad pontificia, católica y ecuatoriana. Sabemos que en ella radica nuestro enorme y fantástico potencial para ser una universidad grande, no en números ni en presupuesto, sino – lo que es más importante – en sueños y realizaciones, en intenciones y resultados.
En los siguientes minutos quisiera comentar estas cuatro notas de nuestra identidad para tratar de entender cómo ellas nos disponen para alcanzar el horizonte de servicio al cual nos convoca el Papa Francisco.

Universidad

    Somos en primer lugar, y de manera substantiva, universidad. Como casa de estudios y formación de grado y posgrado estamos condicionados por las mismas vicisitudes que afectan a las instituciones de educación superior aquí y en cualquier lugar del mundo. Sirviéndome de una síntesis elaborada por el comité organizador de un próximo congreso mundial de educación católica (Congregación para la Educación Católica, 2014), quisiera mencionar rápidamente seis tendencias mundiales en la educación superior que con guran el escenario actual.
  1. La internacionalización de los estudios universitarios, producida por acuerdos entre países o universidades, intercambio de docentes y estudiantes, homogenización de estándares académicos y otros factores similares.
  2. La utilización de los recursos online en los estudios universitarios, consecuencia necesaria del desarrollo cientí co y tecnológico que vertebra la actual sociedad de la información y el conocimiento.
  3. La interconexión entre universidad, empresa y mundo del trabajo, con su exigencia de buscar un justo equilibrio entre servicio a la sociedad y éxito profesional.
  4. La búsqueda de calidad en las instituciones académicas, empeño de indiscutible importancia pero con inevitables consecuencias burocratizantes.
  5. El incremento de las regulaciones estatales y sus desafíos a principios básicos como la autonomía universitaria y la libertad académica.
  6. El incesante cuestionamiento a la identidad católica de universidades como la nuestra, fenómeno inevitable en esta era secular

    Frente a estas tendencias mundiales, y a otras parecidas, cabe preguntarnos: ¿cómo vamos a responder? ¿De dónde sacaremos las fuerzas y los recursos necesarios no solo para sobrevivir sino para gobernar estos cambios? Pienso en dos convicciones que pueden ofrecernos seguridad y esperanza en estos agitados y desa antes tiempos.

     En primer lugar, el SINAPUCE sabe a dónde va (Pensamiento de Aurelio Espinosa Pólit, 2006). Desde nuestra fundación hace casi 70 años, existimos para cuidar y promover la dignidad humana y nuestras diversas herencias culturales, mediante la investigación, la docencia y los varios servicios que ofrecemos a la sociedad. Todo esfuerzo que se hace a nombre de nuestra institución, pequeño o grande, tiene sentido solo si contribuye a la construcción de una sociedad más justa, fraterna y sostenible desde nuestro particular aporte como institución de educación superior. He aquí el punto focal de todo nuestro quehacer académico y administrativo, el criterio central para juzgar si nos dirigimos o no hacia la meta correcta.

    Quisiera insistir en la misma idea tomando prestadas las palabras del P. Adolfo Nicolás, superior general de los jesuitas. En nuestras actividades académicas, al investigar rigurosamente nuestra realidad o al crear ambientes propicios para el aprendizaje, ¿estamos dando lo mejor
de nosotros mismos para que, en último término, amemos más, suframos menos y crezcamos juntos en humanidad? Espero que sí.

    Así como el SINAPUCE sabe a dónde va, sabe también por dónde se va a esta meta. La primera orilla de este camino es el hecho de ser un sistema universitario articulado que sirve al país desde seis de sus provincias. Si de veras queremos lograr un certero impacto en el país, hemos de acelerar la construcción de este sistema, respetando debidamente las particularidades regionales y su necesaria autonomía. Hoy necesitamos trabajar con mayor dedicación por un sistema universitario unido, fuerte y organizado con el n de responder adecuadamente a desafíos que no existían o que no vimos cuando iniciamos nuestras distintas presencias en el país.

     Somos un sistema, sí, pero un sistema con alma o, si se quiere, con un proyecto educativo, y esta es la segunda orilla de nuestro camino. Desde el año 2009 el P. Manuel Corrales y su equipo de entonces empezaron a diseñar una nueva universidad que no fuera más de lo mismo: más en el siglo XXI, de lo mismo del siglo XX. Familiarmente se la conoce como “proyecto Nayón” pero me inclino a llamarla nueva universidad católica dinámica, exible e interdisciplinaria (Corrales, 2010). Dinámica por su capacidad para entender los cambios en la educación superior, adaptarse a ellos y gobernarlos. Flexible en sus estructuras, currículos, métodos pedagógicos, mentalidades. Interdisciplinaria porque así se vive y piensa más allá de los muros universitarios.

    Si menciono este proyecto no es solo para reconocer públicamente el legado del P. Manuel Corrales y su equipo, algo que hago con mucho gusto y gratitud. Lo resalto porque creo rmemente que el proyecto de nueva universidad sigue vigente, hoy con más fuerza y pertinencia que hace seis años. Tenemos los mejores especialistas casa adentro para construir esta nueva universidad en sus líneas maestras y en sus detalles. Pongamos la voluntad y el ingenio que tamaña empresa requiere, y preparémonos para ofrecer al país uno de los mejores conceptos de universidad de los últimos tiempos. Así de simple, así de verdadero.

Universidad Pontificia

    Somos universidad, y somos universidad ponti cia. Este adjetivo, más que un título honorí co concedido a universidades católicas que destacan por su tradición académica, signi ca hoy participar creativamente en la transformación que lidera el Papa Francisco. Un cambio que tiene su vertiente eclesial en el llamado a ser una Iglesia pobre para los pobres, y su vertiente social en el compromiso cristiano por una sociedad que no descarte a sus miembros más débiles y que cuide la casa común, nuestra madre tierra.

    En su alocución del 7 de julio el Papa Francisco nos decía que “un pobre que muere de frío y de hambre hoy no es noticia. Pero si las bolsas de las principales capitales del mundo bajan dos o tres puntos ¡se arma el gran escándalo mundial!” (Papa Francisco, 2015). Este mundo al revés es el que deben contribuir a arreglar las universidades ponti cias, si quieren honrar el título que las adorna. La nuestra lo hará principalmente al formar jóvenes con tres rasgos fundamentales: “excelencia académica y profesional, formación humana integral, y compromiso social” (Bescochea Aranda & Patiño Domínguez, 2011, pág. 54). Valga la pena notar que este per l de egreso proviene del documento de reforma académica que sustenta el proyecto de nueva universidad.

    (Permítanme confesarles que cuando uno oye y conoce al actual Pontífice sí dan ganas de ser más papista que el Papa).

Universidad Católica

    Nuestra universidad es además católica. Yo fui profesor de la asignatura “Jesucristo y la persona de hoy”, que muchos confunden equivocadamente con proselitismo. Solía decir a mis alumnos que el objetivo de esta presentación del cristianismo es invitarles a que fundamenten de manera personal sus convicciones sobre la religión cristiana. Que si van a ser creyentes, ateos o agnósticos, lo sean movidos por sus propias razones, habiendo escuchado la propuesta de esta universidad. ¡Claro que quería, y quiero, que más personas acepten esta invitación a la felicidad que es el cristianismo! Pero sabía, y sé, que no son las meras palabras las que mueven los corazones sino el ejemplo de una vida honesta y comprometida, como bien dice el lema de esta universidad: “ustedes serán mis testigos” (Hechos 1,8).

Algo parecido digo al pensar sobre lo católico de nuestra universidad. Nos inspira una cierta visión del ser humano, del mundo y de Dios que proponemos pero no imponemos. Una visión de la realidad que, esperamos, sea conocida, respetada, escuchada y debatida. De esta visión nace una concepción de la persona humana que integra sus diversas polaridades: individuo y sociedad, naturaleza e historia, razón y pasión, cuerpo y espíritu, inmanencia y trascendencia. Integra también otras tensiones que en lenguaje religioso llamamos evangelio y vida, fe y justicia 6
social, gracia y naturaleza.

Hay que decir que nuestra investigación, docencia y vinculación con la colectividad suponen este humanismo integral, y con amos que contribuyen a su realización. Por esto nuestra contribución al país consiste en poner en diálogo este humanismo integral con las diversas ciencias y saberes contemporáneos, para enriquecer así la densidad humana de la actual sociedad.

Universidad del Ecuador

    Somos también universidad del Ecuador, universidad ecuatoriana. En la preparación de mis clases de Filosofía latinoamericana e Historia del pensamiento ecuatoriano he tenido la suerte de encontrar una frase del pensador argentino Arturo Jauretche que resulta muy pertinente para lo que quiero decir. 
Este pensador arma: “las ideas no tienen nacionalidad; sin embargo hay ideas que sirven a una nación, son las ideas nacionales. De lo contrario, son ideas colonialistas”.

    De manera similar, las universidades en nuestro país pueden ser ecuatorianas o colonialistas aunque hayan nacido aquí. Una institución de educación superior se convierte en universidad ecuatoriana en la medida que responde a las demandas, intereses, memoria y proyecto de nuestro país, o que – como lo dice también Jauretche – busque lo universal desde su particular enraizamiento. Como bien lo pueden suponer ustedes, no es lo mismo universidad en el Ecuador, que universidad del Ecuador.

     Somos decididamente universidad que vibra y siente con el país, y si algo nos falta en este aspecto, debemos preguntarnos por qué y corregirlo. Esto no impide que optemos también por la internacionalización de los estudios y las experiencias, porque las ideas no tienen nacionalidad ni tampoco la tiene la excelencia académica. Así lo descubrió, valga la pena recordarlo, la escuela de losofía de nuestra universidad con la llegada de los profesores argentinos exiliados de los años setenta Arturo Andrés Roig, Ricardo Gómez, Rodolfo Agoglia....

     Nuestra apertura al mundo ha de traer este mundo al Ecuador porque de lo contrario no seremos más que una institución colonialista que forma excelentes profesionales y desdeña la nación de la cual provienen. Como bien dice el jesuita Luis Ugalde, antiguo rector de la Universidad Católica Andrés Bello, de Caracas, no queremos formar profesionales exitosos en sociedades fracasadas. De verdad que no lo queremos.

Universidad Encomendada a la Compañía de Jesús

    Quisiera mencionar brevemente un quinto rasgo identitario antes de concluir. Esta universidad pontificia, católica y ecuatoriana está encomendada a la Compañía de Jesús desde 1962. Esto significa al menos cuatro cosas. Primero, la pedagogía ignaciana inspira el modelo educativo del SINAPUCE. Segundo, “es la Compañía de Jesús, y no una persona, quien en último análisis gestiona y anima la vida y desarrollo de esta casa” (Corrales, 2005, pág. 3). Para cumplir estas responsabilidades, nos verán a los jesuitas vinculados con la universidad trabajando juntos. Pero también hay que decir que este encargo será mejor llevado con la colaboración de quienes, en la Iglesia católica o fuera de ella, sienten la misma pasión por los ideales y misión de esta universidad, como de hecho ya sucede. Tercero, esta universidad tiene que colaborar más estrechamente con las obras de los jesuitas en el Ecuador, principalmente con sus seis unidades educativas y las tres obras que trabajan por la inclusión educativa, sin disminuir compromisos adquiridos o posibles con otros actores de la sociedad civil. Cuarto, hemos de ampliar nuestra participación activa en la asociación de universidades confiadas a la Compañía de Jesús en América Latina (AUSJAL) que articula a 31 universidades e instituciones de educación superior, y que nos sirve de puente para relacionarnos con redes similares en España, Estados Unidos, Asia Oriental y Oceanía, África y Madagascar, Europa y el Líbano.

Conclusión

   Queridos amigos y amigas, nuestra universidad sabe que su meta es el servicio a la sociedad mediante el ejercicio serio y riguroso de sus funciones propias. Su camino es el fortalecimiento de su organización como sistema y la implementación del proyecto de nueva universidad. El ritmo de su caminar lo marcan la transformación eclesial y social que lidera el Papa Francisco, el encuentro creativo entre nuestra losofía humanista, las ciencias y los saberes contemporáneos, y las necesidades y urgencias nacionales. Me animo a decir que no solo hemos de caminar por esta senda; deberemos apresurar la marcha porque el ritmo es, gracias a Dios, retador. Crujirán tal vez nuestros huesos, aumentará el riesgo de tropezar y equivocarnos, pero al nal tendremos la inmensa satisfacción de proclamar: sí sabemos dónde están nuestros hermanos y hermanas, sí sabemos qué necesita de nosotros esta tierra, y hacia allá nos dirigimos.

   Quedan muchos temas a los que no he podido referirme ni siquiera de pasada. ¿Qué pasa con la recategorización de la universidad, por ejemplo? Obviamente que vamos a trabajar para estar en la categoría A de universidades, a la cual pertenecemos, pero comparado con nuestra propia vocación e identidad, este es un tema secundario. No desconozco la importancia de la recategorización pero estamos llamados a más, a cumplir con nuestros propios estándares misionales e identitarios que abarcan los parámetros o ciales de calidad pero que no se agotan en ellos.

   En estos días la comunidad universitaria me ha felicitado y me ha ofrecido su apoyo, gestos de cariño y con anza que agradezco de corazón. Pero de todos los presentes, yo soy el funcionario más novato, el recién llegado a un equipo de trabajo que sabe cómo hacer las cosas. Quiero decirles entonces que cuenten conmigo, que vengo a sostenerlos en su diario quehacer, y que el buen Dios nos ilumine, corrija y estimule. Muchas gracias por su atención.

Dr. Fernando Clemente Ponce León S.J.
Quito, 6 de octubre del 2015

Bibliografía